Adiós querida K
No hay palabras exactas que acompañen el momento preciso en el que una amiga te cuenta, después de una espera a veces de años que por fin se marcha del país. En principio hay un sentimiento que se extiende en dos vías, la primera es de alegría extrema, marcharse de Ecuador es urgente y necesario siendo mujer, joven y negra. No hace falta que yo despliegue las razones, pero en conclusión, después de casi una década de gobiernos neoliberales, estamos entre los cinco países más peligrosos del mundo. En este momento estar más o menos tranquila en este país significa un privilegio enorme, entonces ¿cómo no alegrarnos cuando una amiga querida decide migrar? La segunda sensación es la de tristeza, porque la vamos a extrañar y porque ojalá su territorio hubiese podido ofrecerle todo lo necesario para su felicidad (?).
Mi amiga K intentó con fuerzas entrar en la universidad pública y no lo logró, la ayudé en lo que pude, pero el sistema estatal de nuestro país está cada vez más precario. Las personas que pueden costearlo apuestan directamente por las universidades privadas o recurren a la deuda. Muchas cuestiones le acontecieron a K antes de tomar la decisión de irse. Hizo papeles y después de un año –casi incrédula– al fin consiguió una visa de reunificación familiar.
Después del mensaje y las felicitaciones nos encontramos en un cafecito cerca de mi casa, hace calor, el cielo está gris y el bochorno nos está matando a ambas, entonces caminamos hacia una cevichería y pedimos comida y cervezas heladas.
K ha decidido verme antes de irse para despedirnos, pero también porque soy la única persona que conoce que ha estado en España, además de su esposa que vive allá desde la infancia y a la que conoció por azar, en esos diciembres donde a veces los migrados vuelven a visitar a la familia y a sonreirnos.
¿Qué puedo decirle yo a K de Madrid? Lo primero que articulo es que no he vivido allí, he estado un par de veces de pasada. La primera vez para presentar mi novela y mi poemario y una segunda vez para hablar en un conversatorio con escritoras a las que admiro muchísimo. Empiezo por las cosas buenas, el transporte público es seguro, además que es una ciudad en la que puedes caminar por largas horas. Para nosotras que vivimos en Guayaquil caminar es un enorme privilegio. Un acto casi imposible, a ratos.
K dice que si las ciudades son de quiénes las caminan, Guayaquil es de los locos, nos reímos pero detrás de esa algarabía hay un poco de amargura. Me llevo una cucharada repleta de camarones marinados a la boca, mientras veo pasar como si nada un camión atestado de militares armados hasta los dientes, por alguna razón en el restaurante suben el volumen de la música. El sonido de la salsa y los autos pasando nos obliga a hablar un poco a los gritos. Le hablo de la belleza de las bibliotecas públicas, del metro y los trenes, las librerías, musesos y cafés. Estoy perdida en una locución esquizofrénica para no reparar en algo que sé que K intuye, pero yo no quiero decir, sobre todo porque no quiero empañar su alegría propia de la que emprenderá pronto un gran viaje. Un viaje que duele, pero que reconoce es un privilegio. El trámite fue relativamente sencillo, los costos los ha cubierto su mujer, ella no ha hecho más que trabajar, escribir y leer mientras esperaba.
Continúo con mi parlamento entusiasta sobre Madrid, pero lo cierto es que en España nunca me he sentido del todo cómoda, puede ser que en Granada un poco más, pero en general las veces que he ido me he sentido fuera de lugar y muy sola. Mis amigas de allá están siempre ocupadas, todo transcurre a un ritmo que yo no puedo entender, me siento torpe y extraña. Lógicamente no le digo nada de esto a K, porque creo que mi experiencia no es una aterrizada en la realidad del día a día sino del viaje acelerado. Tal vez por eso cuando fui a Nueva York pensé que me sentiría igual, pero paradógicamente allá no me perdí ni una sola vez en el metro, la gente fue sumamente amigable conmigo cuando estaba sola y preguntaba por direcciones y en términos generales todo el mundo fue cariñoso, extraños y conocidos.
De todas formas aprecio mucho que las autoras latinoamericanas jóvenes, algunas incluso amigas, hayan podido encontrar algo parecido a un hogar en Madrid, me aferro a esa posibilidad e intento vehicular un entusiasmo necesario hacia K, que también quiere escribir. De hecho, nos conocimos en un taller de escritura que di hace muchos años en Isla Trinitaria. Para la primera sesión del taller K escribió a mano un cuento brillante sobre la migración de sus abuelos desde Nicaragua y sus múltiples periplos por Ecuador, algo así como un recorrido sinuoso y complejo que posibilitó su existencia en esta tierra. En ese momento K llevaba casi tres años intentando entrar a la universidad sin lograrlo. Ella quería ir a España con su esposa, pero deseaba hacerlo después de terminar la universidad acá. Insistió por dos años más sin éxito, para finalmente decidir migrar.
En realidad en esta entrada iba a hablar de mis últimas lecturas: Río de las congojas de Libertad Demitrópulos, La obsena señorita D de Hilda Hilst, Corazón que ríe, corazón que llora y La vida sin maquillaje ambas novelas que conforman la autobiografía de Maryse Condé; pero hoy a eso de las 11 PM cuando yo ya esté, tal vez, metida en la cama con la luz de la lámpara de mi costado encendida, mientas leo un libro o veo una serie antes de dormir, mi amiga K subirá a un avión para emprender un gran viaje. Emprender un trayecto desde la orilla del Pacífico para sobrevolar el Atlántico y aterrizar en Madrid.
En Madrid nació el primer hombre del que me enamoré en serio, un hombre que dejó toda su vida allá para compartirla conmigo acá, un hombre al que aún amándolo, no le pude corresponder con el mismo ímpetu y madurez que él deseaba de mí. Nuestras últimas conversaciones giraron en torno a mudarnos a Madrid y fue la razón por la que terminamos. Yo crecí en una familia que cree fielmente en la permanencia en el territorio, a veces de forma muy radical. Una familia que igual se vio obligada a desplazarse por la violencia extrema y la falta de oportunidades en su tierra natal, porque el amor a veces no es suficiente para asegurarte una permanencia en un espacio tomado por el narco.
Ahora de adulta entiendo que es precioso haber podido crecer en un espacio que resistió a la propaganda de la migración, en un país que se empeñó desde la dolarización a hacernos girar la mirada hacia el norte como única posibilidad, pero también es valioso que la gente haga uso de su derecho a la libre movilidad y se vaya; hay escrituras, por ejemplo, que no hubiesen sido posibles sin un movimiento radical de las escribientes. Pero yéndonos hacia un sitio más radical: hay vidas que pudieron ser y subsistir solo porque se movieron. El desafío aquí, pienso, es no hacer de los que se van un único faro de luz guía y tampoco hacer de la tierra que dejamos un espacio baldío. Siempre están los que se quedan, ¿cuáles son sus estrategias de supervivencia en un plano estético? Y los que se van ¿cómo están escribiendo e imaginando la tierra que dejan ?
Pienso en estos poemas de Nostalgia y fronteras de Sonia Guiñansaca que me conmueven infinitamente.
Aprender a partir
Para las personas que tuvieron que emigrar en la infancia
I.
Tus diminutas manos morenas agarran maletas cafés y
[borgoñas
Llenas de recuerdos cuidadosamente empacados
Las penas aparecerán por las costuras
Sólo un peluche vendrá contigo
Escoge uno, dijo abuelita
Al resto, diles que volverás
Los escondes debajo de la cama
Esperando que no acumulen demasiado polvo
Demasiado resentimiento
Convirtiéndose en almas fragmentadas en la oscuridad
Como pájaros que quieren volar con las alas rotas
Aprendiendo que no están hechos para el cielo
II.
Y aterrizarás en un aeropuerto extranjero
Las maletas nunca llegarán
Sin pertenencias
Lo tomas como una señal
De que nunca vas a pertenecer
Quizá tú tampoco estás hecha para el cielo
Y conoces el resentimiento.
Estados Unidos funciona por inmigrantes
Mi madre trabaja en el piso 23 de un edificio de cristal en medio de Times Square como mesera de una empresa de catering / Mi padre vuelve a casa del trabajo en tren, en su mochila lleva un par de Timbs con manchas de aceite / Ninguno de los dos ha comido / Lo que sucede con Estados Unidos es que los trabajadores migrantes pasan días sin comer bien para que el país pueda funcionar / Mi madre que se llama Maggy estará de pie durante 8 horas seguidas rebotando en la planta de sus pies para cumplir cualquier demanda de profesionales blancos que por alguna razón saben cómo trabajar en Google Drive pero no tienen ni idea de cómo hacerse su propio café / Mi padre que se llama Segundo es irónicamente siempre el primero en cocinar, el primero en quemarse las manos, el primero en servir, el primero en repartir para que los hombres de traje reciban su orden de almuerzo al apuro / Mi madre y mi padre nunca tienen días libres o vacaciones pagadas o bonos o un plan de jubilación o atención médica / Mi madre y mi padre dependen del poder del Vicks, del té caliente y de las oraciones a la Virgen / A veces a mi padre y a mi madre no los siento míos —se siente como si fueran de este país / Mi mamá no ve a papá / Mi papá no ve a su hermano / Mis hermanos no ven a mamá o papá / Estados Unidos los ve todo el tiempo / Estados Unidos ve a nuestros padres más a menudo que nosotros a las 4 de la mañana, a las 7 de la tarde, a las 11 de la noche y a medianoche / Mi hermano de 9 años junta sus manitas prietas para orar Diosito, por favor, cuida de mamá / Mi padre lleva en su billetera nuestras viejas fotos de la escuela dobladas con cuidado para no arrugar nuestras caras, así es como nos cuida, así es como se aferra a nosotros / Mi madre carga un bolso grande con todos nuestros documentos por si acaso / Ambos se acomodan a la rutina de Estados Unidos moviendo cumpleaños y bautizos y bodas / Estados Unidos es un mocoso mimado que quiere más y más y más / Estados Unidos grita Go Back To Your Country, Stop Stealing Our Jobs y simultáneamente chilla Where is my lunch?
Antes de despedirme de K le regalo la edición colombiana de mi novela y el libro de cuentos La máquina de hacer pájaros de Natalia García Freire que también ha escogido Madrid como ciudad para radicarse. Deseo con fuerzas que el trayecto sea leve para ella, que las revisiones migratorias sean sencillas, que el equipaje llegue a salvo y completo, que la ciudad se le abra y la abrace tanto como sentí que a mí me rechazó. Que pueda estudiar la universidad además de trabajar, que se permita gozar y que ojalá en unos años pueda devolver a esta tierra –a ratos mezquina–, algo para cultivar y cosechar de otro modo.



confiamos en que a tu amiga k se le va a abrir todo un mundo en madrid, lo deseamos fuerte desde acá ❤️
Hermoso y doloroso. Me emocionó. Las contradicciones a la hora de despedir a alguien y del migrar. Me parte. Me encantó que apareciera ese poema, otro relato para decir lo que no le podes decir a tu amiga , porque es un bajón . Me parecíste una costurera cortando y uniendo retazos. Adoro tu escritura y te quiero por eso ❤️ cariños desde la pampa , Argentina